domingo, 19 de agosto de 2018

Nuestros límites a la libertad

NUESTROS LÍMITES A LA LIBERTAD
Hace muchos años, finales de los 60`o principios de los 70`, se editó una colección de literatura con fines divulgativos, colección de Radio Televisión Española, que fue muy popular en aquella época. Esta iniciativa conteníafines culturales y políticos; si bien sus libros eran de contrastado interés cultural, también procedían de autores que, en muchos casos, habían sido postergados por el régimen. Se trataba de caminar hacia la democracia. Entre los libros publicados estaba la antología poética de Antonio Machado, prologada por Julián Marías. Las poesías ya las conocía. El prólogo me impactó y, especialmente, una frase que llevo en la cabeza desde entonces, una frase que para mí ha tenido una dimensión extraordinaria, tan grande como la oración gestáltica que Jacinto me descubrió hace más de diez años. “Ser libre es querer lo que uno es”. Su significado no lo desentrañé hasta hace poco, pero intuitiva y emocionalmente tuvo tanta fuerza que aún hoy la recuerdo sin haber vuelto al libro desde hace cuarenta y ocho años.

Uno en su vida de buscador tiene momentos, muy pocos, de iluminación, este fue uno de ellos. Para descifrar el contenido de la frase tuve que hacerme la siguiente pregunta: ¿qué es lo que a uno le impide ser libre? El término libertad es inabarcable, las limitaciones que tiene son ya más concretas. Las posibilidades de que desde el exterior limiten tu libertad son pocas y claras, desde el interior existe un sinfín de posibilidades. El problema lo tenemos dentro, el problema somos nosotros mismos. Este era el pensamiento-sentimiento que me producía la frase de marras. El problema estaba dentro de mí y ¿solo queriéndome podría solucionarlo? ”Querer lo que uno es”. De aquí se acaba desprendiendo la pregunta capital: ¿qué es lo que uno no es? Ciertamente la pregunta es importante, sería un problema que estuviera queriendo lo que no soy.

Tenemos un diseño biológico. Nuestra existencia y la de cualquier ser vivo tiene una función principal, la misma que nos da la vida, la reproducción, aún más, la expansión del ADN (llegados a este punto tengo que recordar El gen egoísta, libro que Nacho se empeñó en que leyera, que es denso, pesado y largo, pero muy esclarecedor). A este diseño biológico normalmente lo llamamos instinto de supervivencia y tiene que ver con la búsqueda del placer o ello freudiano. Sin duda el placer es utilizado en este diseño como principal aliciente. El instinto de supervivencia es como la trinidad, ser es uno, pero tenemos que dividirlo en tres para entenderlo mejor: instinto de conservación, instinto social e instinto sexual. El de conservación hace que nos alimentemos, nos abriguemos, nos protejamos... El social hace que nos agrupemos para ser más fuertes, no solo para defendernos, también para atacar, para imponernos. Estos dos instintos son para que sea posible el tercero, el sexual, la reproducción (parece que estuviera hablando de los subtipos del eneagrama, pero no del todo, aunque de aquí provienen, como lo indica Claudio Naranjo en la introducción de su libro capital Carácter y neurosis).

El instinto de supervivencia hace posible la vida, sin él no habría el esfuerzo por seguir latiendo, pero también limita la libertad, decide por mí, hace que quiera lo que no soy. Volveré a la idea trinitaria para analizarlo mejor.

El instinto de conservación es una gran fuerza que nos lleva al acúmulo de energía y al logro de seguridad. Comer, abrigarse y protegerse. Una vez conseguida la misión la fuerza continúa, estamos bien alimentados, pero seguimos comiendo, y especialmente hidratos y grasas cuando ya no los necesitamos. La obesidad, tan común en las sociedades más desarrolladas, es fruto del exceso de este instinto, dado que el acceso al alimento carece de las dificultades que tenían las sociedades primitivas, está al alcance de la mano. Lo que no podemos comer lo almacenamos en forma de dinero, nunca sabremos como vendrán las cosas. El futuro se nos plantea como un interrogante a resolver a golpe de euros y capta toda nuestra atención. Una buena cuenta corriente da mucha tranquilidad. La fuerza continúa. Invertir en bienes inmuebles tampoco está mal, nunca se sabe Todo esto te da mucha seguridad. La fuerza continúa. Cada vez dedicamos más tiempo a nuestros intereses económicos y a la seguridad. Está mayoritariamente aceptado que en nuestro quehacer cotidiano demos prioridad al dinero. En la mayor parte de los casos, la elección profesional está determinada por los futuros beneficios económicos, quedando la vocación relegada a un segundo término. Lo primero es lo primero. Y yo, ¿dónde he quedado? yo no soy esto, pero con esto me siento bien.

El instinto social es una gran fuerza que nos une para la defensa y el desarrollo del grupo, es el instinto tribal. La unión hace la fuerza. La debilidad física del ser humano se supera al ser protegido por el grupo. Este instinto fue importante para lograr la hegemonía. El cuidado, el amor a la familia, es biológicamente natural, pues sus miembros comparten el ADN y tu vocación biológica como ser vivo es la expansión de dichos genes. Esta idea de familia podríamos ampliarla a la tribu, dado que ésta, aunque en menor grado, también forma parte de este interés genético.En el momento en el que el ser humano se asienta, nacenlas culturas, crece la población, aparecen las ciudades, surgen los reinos, se forman los estados..., los límites de la tribu se difuminan y el concepto de tribu va cambiando a lo largo de la historia. Esa gran fuerza para la defensa y desarrollo (imposición) entiende ahora como grupo, ya no solo la tribu, también la etnia, la religión, la secta, la nación, la lengua, la ideología, la patria, el partido político, el club deportivo.. ¿Este es de los nuestros? le pregunta el hijo a su padre. Aparece la confrontación social, el enemigo, la guerra. En los estadios de futbol cada poco hay muertes. Y yo sé de quién soy pero no sé quién soy. Lo importante son los tuyos, el grupo que te llevará a la victoria, al éxito, al reconocimiento. Siempre respetando jerarquías y escalafones, trabajando en su estructura social desde el puesto que te corresponde por méritos, manejos, u otros medios inconfesables. Pero ¡si yo no me conozco¡ El grupo te defiende, pero te exige sumisión. Pone un filtro a tu mirada que limita tu visión. Todo es del color de su bandera. Al final, esta gran fuerza te aliena y te dificulta la consciencia. Tu objetividad se desvanece. Yo no soy esto, pero lo necesito para sentirme bien.

El instinto sexual es esa gran fuerza de atracción entre los sexos. Ese deseo permanente, no tenemos períodos de celo como otros animales, es el responsable de la reproducción. Como en los otros dos instintos, la búsqueda del placer está presente, pero aquí es más evidente todavía: la atracción, el amor, la comunicación. Es hermoso. Pero esta fuerza no para aquí, continúa. Necesitamos resultar atractivos para los demás, necesitamos engalanarnos cada día, rodearnos de toda suerte de objetos que manifiesten nuestro poderío. Surgen las disputas de poder en el grupo y en la propia pareja. La vanidad nos confunde. El macho dominante trata de imponerse. La hembra receptiva trata de merecer sus favores. Aparecen los celos. La envidia y el conflicto están presentes en el día a día. Convertimos al poder en el gran becerro dorado. Recurrimos a nuestro dinero y propiedades (instinto de conservación) para elevarnos en el medio social. Recurrimos también a nuestro prestigio y reconocimiento, a la calidad de nuestros contactos y a nuestra agenda (instinto social) para resultar más apreciados. Y yo, ¿dónde estoy? Tanta decoración me confunde, tanta ambición hace que me olvide de mí. Y yo, ¿qué soy?

La trinidad instintiva vuelve a hacerse unitaria gracias a ese común denominador, el poder. Es evidente que los excesos del instinto de supervivencia nos llevan a la lucha por el poder. No fue una manzana, fue el poder lo que la culebra le ofreció a EvaSi comes de esta fruta serás tan poderoso como Dios. Y aquí surge, según la Biblia, el pecado original, lo que es lo mismo pero más moderno, nuestro diseño biológico. Venimos así de origen, es un defecto de fabricación que nos impide Ser, y que nos plantea un proceso para llegar a Ser. 

El instinto de supervivencia es el motor que nos da la fuerza para levantarnos cada mañana y afrontar un nuevo día. Si somos capaces de conducir esa fuerza en la dirección de: el autoconocimiento, el crecimiento espiritual, el desarrollo de la consciencia.., estaremos caminando hacia “querer lo que somos”. Pero lo habitual es que, ya desde la más tierna infancia, cometamos fallos en la conducción, sufriendo continuos accidentes que tratamos de olvidar y naturalmente olvidamos (prácticamente carecemos de recuerdos de los primeros años de vida, a esa edad el hipocampo y el neocórtex están poco desarrollados y son el sistema límbico y el cerebro reptiliano los que dirigen nuestros pasos. Por esta razón, la capacidad de entender lo que nos pasa, racionalizarlo y memorizarlo, está muy mermada y, ante los hechos, reaccionamos de manera automática movidos por afectos y deseos, antes que por otra cosa. La personalidad se forja durante los primeros años de la vida. Esto podría explicar el planteamiento freudiano de la psique, el inconsciente, la formación y desarrollo de la neurosis, etc.). Esta acumulación de olvidos da lugar al nacimiento del carácter, que a su vez alimenta un ego que se esfuerza en evitar los recuerdos (traumas, inhibiciones, frustraciones…) y cualquier tipo de pensamiento que se aproxime. Los sueños, los actos fallidos, los lapsus.., serán las válvulas de escape de una olla a presión que tanto dificulta la objetividad, la consciencia y la conducta responsable. El ego dificulta el darse cuenta, y produce una visión distorsionada de la realidad tan importante a la hora de hacernos querer lo que no somos.
Ahora bien, todo el mundo es libre de no serlo.


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