Ocurrióseme leer de vuestras vidas, pues pareciome veros. Pregunteles su nombrea dos mozalbetes que despejaron mi parecer, ya que dijeron que les decían Junqueras y Enric. Por Diablo pensé estarme cubierto, por lo rechacé seguirles haciendo compañía. Tiempo facía no encontrarme con tan ruidosa y desviada compañía. Acerqueme a librería y comprele este libro que por pequeño podré acercarme a la caída tranquilo por satisfecho.
Miguel de Cervantes Saavedra
Miguel de Cervantes Saavedra
RINCONETE Y CORTADILLO
En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia,
como vamos de Castilla a la Andalucía, un día de los calurosos del verano, se hallaron en
ella acaso dos muchachos de hasta edad de catorce a quince años: el uno ni el otro no
pasaban de diez y siete; ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados;
capa, no la tenían; los calzones eran de lienzo y las medias de carne. Bien es verdad que lo
enmendaban los zapatos, porque los del uno eran alpargates, tan traídos como llevados, y
los del otro picados y sin suelas, de manera que más le servían de cormas que de zapatos.
Traía el uno montera verde de cazador, el otro un sombrero sin toquilla, bajo de copa y
ancho de falda. A la espalda y ceñida por los pechos, traía el uno una camisa de color de
camuza, encerrada y recogida toda en una manga; el otro venía escueto y sin alforjas,
puesto que en el seno se le parecía un gran bulto, que, a lo que después pareció, era un
cuello de los que llaman valones, almidonado con grasa, y tan deshilado de roto, que todo
parecía hilachas. Venían en él envueltos y guardados unos naipes de figura ovada, porque
de ejercitarlos se les habían gastado las puntas, y porque durasen más se las cercenaron y
los dejaron de aquel talle. Estaban los dos quemados del sol, las uñas caireladas y las manos
no muy limpias; el un tenía una media espada, y el otro un cuchillo de cachas amarillas, que
los suelen llamar vaqueros.
Saliéronse los dos a sestear en un portal, o cobertizo, que delante de la venta se hace; y,
sentándose frontero el uno del otro, el que parecía de más edad dijo al más pequeño:
-¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para adónde bueno camina?
-Mi tierra, señor caballero -respondió el preguntado-, no la sé, ni para dónde camino,
tampoco.
-Pues en verdad -dijo el mayor- que no parece vuesa merced del cielo, y que éste no es
lugar para hacer su asiento en él; que por fuerza se ha de pasar adelante.
-Así es -respondió el mediano-, pero yo he dicho verdad en lo que he dicho, porque mi
tierra no es mía, pues no tengo en ella más de un padre que no me tiene por hijo y una
madrastra que me trata como alnado; el camino que llevo es a la ventura, y allí le daría fin
donde hallase quien me diese lo necesario para pasar esta miserable vida.
-Y ¿sabe vuesa merced algún oficio? -preguntó el grande.
Y el menor respondió:
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