Aprecio que mi cuerpo ha tocado suelo. Siento que me apedrean con fuerza. Quieren redimir la impotencia de no haber podido hacerlo antes.
Cuando el 30 de agosto me desgarraron la médula sin ser conscientes de ello, me dije: hasta aquí. Cedí el ir al hospital para que no se sintieran culpables. Allí, no cedí: el motivo de la lanzada que me atravesaba el pecho izquierdo era C6. Tuve que forzar a demostrarlo con una EMG. Aún así, con una objetivación de la lesión, dejaron escrito en los papeles de Urgencias, que era ACV (¡cómo se está!)
Sufrí un hipo increible que no conseguí resolver hasta que convencí a la fisioterapéuta para que me hiciese una MCV_C, que me tuvo que hacer con nocturnidad. Gracias te doy por arriesgarte.
Cuando sufrí el arrancamiento de L5, S1 y S2 por una maniobra intempestiva en el mes de agosto de este año, sentí que me habían abandonado el tratamiento y, por ello, mi escasa esperanza de continuar la vida autónoma, se me fué.
Ya supe ahí que me hacía dependiente y con ello la ruina total. Hoy he llegado al agotamiento.
Llegué y agradecí el nacimiento a mi madre. Si, a mi madre.
Marcharé y no agradeceré la muerte a nadie.
Si, a nadie.
Siento madre no haberte complacido con una vida mejor que aquella has querido para mi.
No debo nada a nadie, que cojan lo prestado.
No digo adiós a nadie, que no levante nadie para despedirse de mi; sería una cínica manifestación de la que ya no recogerá despojo que no tengo.
Que nadie sea cínico manifestando apenarse de mi ida. Que sea sincero manifestando alegrarse de mi ida. No necesita este esfuerzo último.
Ya escalo la red que como ácaro tejí durante setenta años. Os dejo esta última reflexión que por primera vez hice con diecisiete años, cuano cambié mi nombre para estudiar lo que quería mientras aparentaba hacer lo que otros querían. Nunca quise estudiar Medicina y, menos, trabajar en ella. Nunca viví del dinero que me han dado como médico, nunca.
Hijas y sobrinos, adios y gracias por el esfuerzo realizado conmigo.
Aleluya... Cohen, Pat, Bob, nunca olvidaré aquel 30 de octubre. Pat, por mi no llorarás, pero pensaré que lo harás.
Ya oigo que el pequeño vals se fuga...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar