
LA LEYENDA DE LUNA
"El valle de Luna es bello, como su nombre. Y ahora, como la luna, triste".
Víctor de la Serna. 1953, en
LA RUTA DE LOS FORAMONTANOS
La pastora de Caldas
Es consolador comprender la lucha leonesa contra el feudalismo. Altivez fiera de nuestros antepasados, que se opusieron a las servidumbres defendiendo al pueblo y poniéndolo al amparo del poder real.
Pero a veces el rey buscó una ayuda extrajera que no gustó a los leoneses. Alfonso II el Casto, que recogía las manos tendidas del gabacho Carlomagno provocó la ira de los astures y leoneses, que acaudillados por Bernardo del Carpio armaron el trepe de Roncesvalles contra Roldán, según la leyenda.
Este Bernardo era un buen tipo leonés. Hijo, según cuentan los legendarios ecos, de una infantica muy bella, hermana del rey Casto, un poco ligerilla de sandalias, y un guapo conde palatino y palentino, de Saldaña. Y con el ímpetu de los amores mozos salió Bernardo arrogante, de los que daban un paso más si es que la espera era corta.
"Arrogante, ¡oh, moro, estás!
Toda la arrogancia es mía.
Ya te encontraré algún día.
En el Carpio me hallarás.
¡Ay de ti si al Carpio voy!
¡Ay de ti si al Carpio vas!"
Y allí está la roca, allí, donde el rey Casto se enfadó y mandó sacar los ojos al conde encerrándolo de por vida. El soberbio castillo de Luna.
Don Florentino Agustín Díez, recogió en romance esta leyenda de Luna, y cantó a la pastora de Caldas, a quien preguntaba Jimena la desgraciada:
"Por la braña andaba un día
–la mi brañina de Caldas–
careando para el chozo
con los mis perros las vacas
El sol fuyendo se diba
por la collada más alta
golvíase el aire quieto
y el atardecer se apagaba.
Vide venir sospirando
una princesa galana,
negra de vestir, la hermosa,
negra de vestir, la blanca
–Queréisme decir, la niña,
queréisme decir, zagala
endónde está ese que dicen?
de Luna soberbio alcázar,
en do aquel que me robaron
la vida toda penaba?.
–Es una roca, señora,
muy alta y atravesada,
ese Castillo de Luna
que llaman la torreada.
Es una roca, señora,
negra es y atravesada.
Quedarvos aquí, mi dueña,
hasta que vos guíe el alba
y entonces debéis golveros
a vuestra casa alhajada.
–Morirme habré, la mi niña,
si a Don Sancho no abrazaba,
ese que tiene por nombre
Conde Sancho de Saldaña,
padre honrado de Bemaldo
el fijo de la mi entraña,
mal apartado del rey
en la roca torreada
por la mor de unos villanos
que amén perdieran el alma.
Dime, pues, la niña, dime,
la mi senda aderechada
que he de subir a la roca
y llorar allí mis lágrimas.
–Señora, la mi señora,
cómo me partís el alma.
Quedarvos acá en los fuegos,
reposar en las mis lanas,
caluestros habre de darvos
de la novilla gallarda
con tortas de pan candial
y una grande freisolada,
y si a vos se vos antoja
leite fría y ennatada
y para la fin las migas
con manteiga esmigajadas.
Señora, señora mía,
mañana será mañana
y habréis de ver en la roca
a ese Sancho de Saldaña.
Fermoso estará, mi dueña,
ansí como os pide el alma,
alto lo veredes de oro
sobre las torres de plata..."
Sancho Díaz, San Díaz, conde de Saldaña, enamorado de Doña Jimena y espiado por el felón Nuño de Arlanza, que corrió al rey con los rumores y hace desmayarse a la infanta.
San Díaz mata a Nuño en un desafío, el rey medita y sentencia a la pareja amante: al Sancho Díaz le envía una carta sellada para el alcaide del castillo de Luna, Diego Melendo, gran amigo de San Díaz, que en cumplimiento de la orden del rey ha de deorbitar al conde y encerrarlo en la fortaleza.
En el camino le salió al conde un anciano que le avisa de que no continúe su camino, porque los presagios son siniestos, "la sangre en el rastrillo".
Doña Jimena es recluída en un convento ovetense, y la alegría huyó para siempre de la corte del rey Casto.
Por ello es evocador pisar estos riscos, que fueron un tiempo arca inexpugnable de los tesoros del reino.
Aún recuerdan las gentes mayores los vestigios que se conservaban antes de construirse la presa: el camino bien trazado que ascendía hasta las torres, el aljibe, la mazmorra, y que allí se demolió todo en aras del progreso.
El pueblo no suele ser amante de los castillos, y es explicable. El castillo siempre recuerda momentos de dureza social, látigo y castigo, pisoteo de derechos humanos.
No obstante, los bastiones de un castillo le dan cierto empaque a una aldea, turístico, histórico, atractivo, y que en mayor o menor medida también contribuyó el alumbramiento de la Historia. Una Historia pragmática, con algo que imitar o algo que desechar; que tanto se imita lo Sueño como se escarma en lo malo.
El cantar de gesta leonés
Y aquí, en este castillo de Luna nació uno de nuestros cantares de gesta, primeros esbozos de la literatura, el Cantar del héroe Bernardo del Carpio, que ha recogido don Ramón Menéndez Pidal en su "Flor Nueva de Romances Vieios".
"Cuando entré en este castillo,
apenas entré con barba,
y agora por mis pecados
la veo crecida y blanca.
¿Qué descuido es éste, hijo?
¿Cómo a voces no te llama
la sangre que tienes mía
a socorrer donde falta?
Todos los que aquí me tienen
me cuentan de tus hazañas;
si para tu padre no,
dime para quien las guardas".
"Bastardo me llaman, rey,
siendo hijo de tu hermana;
tú y los tuyos lo habéis dicho,
que otro ninguno no osara.
Metiste a mi padre en rehenes
y a mi madre en orden sacra,
y porque no herede yo,
quieres dar el trono a Francia;
morirán los españoles
antes de ver tal jornada.
Mi padre pido que sueltes,
pués me diste la palabra,
si no, en campo, como quiera,
te será bien demandada..."
Atemorizado Alfonso envió al conde Teobalte para que trajese del castillo de luna al conde de Saldaña Don Sancho Díaz. Pero cuando Teobalte llegó a León ya había muerto el conde Sancho hacía tres días.
El rey mandó metiesen el cuerpo en agua caliente para ablandarlo, y lo sentó en silla de marfil con ricas vestiduras, en el palacio de Zamora. Y cuando Bernardo fue a besar la mano de su padre la halló yerta, prorrumpiendo en lamentos.
Sacó a su madre del monasterio y la hizo casar públicamente, confirmando el matrimonio que antes había contraído en secreto, para que nadie pudiera llamarle hijo bastardo.
Luego armó a los leoneses y se fue a pelear contra Carlomagno en Roncesvalles.
Este castillo fue más tarde la mansión montañesa de los todopoderosos condes de Luna.
LA DAMA DE ARINTERO
"Todas estas noticias romancescas deforman la personalidad de la Dama. Parecen fantasías, solamente admisibles como creaciones imaginativas.
Sin embargo hay un hecho cierto e incustionable. En Arintero existieron esos privilegios desde tiempo inmemorial hasta los años de nuestros abuelos, avalados por un escudo heráldico perteneciente al linaje de los Arintero".
Maximiliano González Flórez, en
LA MONTAÑA DE LOS ARGÜELLOS
El ambiente histórico que sustenta la Dama de Arintero
Cuando la voz de los heraldos anunció a Castilla y León que Enrique IV había muerto fue proclamada, con tres gritos de ¡viva el rey!, su hermana Isabel I como reina, juntamente con su esposo Fernando V; y aunque éste se hallaba educado en las costumbres de Aragón y sus leyes, que excluían del trono a las mujeres, pretendió gobernar por sí solo, convinieron al fin, ambos cónyuges, llamados por antonomasia "Los Reyes Católicos", en que todos los instrumentos públicos llevarían las firmas, bustos y armas de ambos, con la fórmula del "tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando".
Pero Doña Juana La Beltraneja, apoyada por algunos magnates y prometida en matrimonio al rey de Portugal, Alfonso V, encendió una guerra civil que terminó en el decisivo combate de Toro, con el triunfo de Los Reyes Católicos; firmándose luego un tratado de paz en que se estipuló el matrimonio de La Beltraneja con el infante Don Juan, hijo de Los Reyes Católicos; pero tal enlace no se verificó, y la princesa Doña Juana tomó el hábito de religiosa haciendo renuncia de sus derechos a la corona.
En toda España suena la llamada a la guerra y acuden los partidarios de uno u otro bando: En León, la familia de los Quiñones se va al lado de La Beltraneja; el conde Luna, con el rey de Portugal y el rey de Francia.
La otra familia todopoderosa leonesa se va al otro bando, como era lógico entre los magnates que se disputaban el poderío de la ciudad. Son los Guzmanes. Los Guzmanes de Aviados, que tienen gran influencia en toda la cuenca del Porma y el Curueño. Los mozos de la montaña toman partido por Isabel y acuden a la llamada.
Una dama montañesa se alista como soldado
Nos hallamos en la primavera del año 1476, cuando los mozos se alistan con sus pertrechos y se encaminan hacia Toro, Albuera o Zamora, para engrosar las tropas de Isabel y Fernando.
Pero hay un vecino de Arintero que no tiene hijos, y sufre por no poder ayudar a sus reyes, ya que su ancianidad no le permite empuñar la lanza. Una de sus hijas se apresta a ir a la guerra vestida de soldado. Vencidos los reparos del padre, la gentil moza que cubre sus cabellos con el sombrero, monta en su caballo y parte para la lid.
Luego de los combates de Peleasgonzalo, cerca de Toro, es descubierta la dama cuando se bañaba en el Duero, y sus compañeros de milicia la llevan ante el rey, que asombrado premia su hidalguía y la licencia del ejército; no sin antes concederle los privilegios que ha estimado a bien para ella, para su familia y para su pueblo Arintero.
La dama se volvió muy contenta para su montaña, y con la satisfacción del deber cumplido ante sus reyes.
Una partida de bolos en La Cándana
Una cosa es lo que dijera Fernando y otra muy distinta lo que pensara Isabel. ¿Cómo la reina iba a consentir la concesión de privilegios, en unos momentos en que estaban desmochando castillos y bajando los humos a la levantisca nobleza?.
Enterarse de lo que había concedido su marido a la Dama de Arintero y lanzar emisarios tras ella, para que le arrebataran los pergaminos, de grado o por fuerza, fue todo uno.
La leyenda cuenta que le dieron alcance en La Cándana, cuando jugaba una partida de bolos con los mozos del lugar, con las bolas cachas y el birle; aunque los pergaminos ya habían corrido hacia Arintero en manos de sus acompañantes.
"La Cándana, pueblo triste
porque en tu recinto viste
morir la luz de Arintero.
Toda la montaña llora
la alegría de tus muros
y, en la Dama, a quien adora
mira sus timbres más puros".
Don Maximiliano González Flórez, el historiador del Torio ha buceado mucho por archivos y dice que solamente ha visto la copia de la tarjeta que los Regidores de Arintero presentaron al Escribano y Juez de Valdelugueros, en la que relata la marcha de la Dama a la guerra, el descubrimiento de su personalidad y los privilegios concedidos.
No obstante, el Sr. Flórez dice que ni García Garrafa en sus noventa tomos de heráldica, ni Basanta en su "Sala de Hijosdalgo de la Cancillería de Valladolid", ni Julio Atienza en "Nobiliario Español" hablan de títulos de nobleza para el padre de la Dama.
Los romances también confunden por la serie de nombres que se le dan a la Dama. En unos, Cristianía; en otros, Juana; y otros le llamaban el caballero Oliveros. También circula el nombre de Diego Ortuño, bien para la Dama bien para su padre. Y las hazañas las sitúan cerca de Zamora, y en otros romances cerca del Tajo.
La tradición sigue manteniendo la leyenda, y aunque el original del documento se ha perdido parece que hay una copia sin fecha, aunque se deduce pertenecer a los días de Felipe V, siglo XVIII, porque en su cabecera se acuña un borroso sello en el que se lee: "Felipe V... Hispania". Se halla en el Museo del Ejército, entregado por el padre Getino, de Valdelugueros.
Los privilegios para Arintero
Arintero es un pueblecito montañés muy pequeño y muy escondido entre las cuencas de los cerros. A él se llega partiendo de las Hoces de Valdeteja, a su terminación, cuando el río Curueño se deja encauzar en un largo túnel bajo la masa caliza, para llevarlo a engrosar el embalse del Porma, allá para Rucayo.
Cuatro kilómetros de camino sinuoso, dejando a la derecha La Braña, pueblo que suena a pastores de merinas transhumantes, se sube una empinada cuesta y nos damos a mano con la iglesia de Arintero.
Arintero o Argentero, con retintes de plata, debió tener en sus tiempos antiguos algún criadero argentífero. Una iglesia con alguna muestra de un tosco románico y soportal sostenido por pilares de madera, una espadaña muy bien cuidada, y al lado, una hermosa finca cuajada de conejos, libremente y a sus anchas, por docenas, dan la bienvenida.
El pueblo se halla colocado a ambos lados del camino, bien espaciado, recogiendo buen montón de familias veraneantes que acuden por la querencia de la tierra.
Allí nos mostraron las ruinas de lo que dicen fue la casa de la Dama de Arintero.
Solamente quedan ruinas y un escudo heráldico como recuerdo; y lo que también queda de cariñosa evocación albergada en el corazón de las gentes.
Dicen que los privilegios de Arintero, que para ellos ganó la Dama, eran muchos y muy amplios:
– Que fuese conocido Arintero como solar de Hijosdalgos.
– Que sus vecinos estuvieran exentos del pago de tributos reales y del servicio militar.
– Que fueran Presenteros en la parroquia de Santiago Apóstol.
– Que los Presenteros tuvieran derecho a ser obsequiados con yantar por el rector de la parroquia.
– Que el Presentero más viejo llevase la ofrenda de la caridad todo el año.
– Que su categoría de Hijosdalgos la tuvieran aunque cambiaran de residencia, y referido a todos los vecinos de Arintero.
Es escudo heráldico de Arintero refleja un caballero con adarga y árboles. Similar lo hay en La Cándana, en casa de doña Mabel, la profesora de E.G.B. del colegio de Navatejera, y hay una leyenda en los dos escudos que aún se muestran en La Cándana, que indica:
"Si queréis saber quien es
este valiente guerrero,
quitad las armas y veréis
ser la. Dama de Arintero.
Conoced los de Arintero
vuestra Dama tan hermosa,
pues que como caballero
fue con su rey valerosa".
Junto al juego de bolos te muestran una piedra donde dicen que los emisarios de la reina, despiadadamente quitaron la vida a esta Dama montañesa, flor de hidalguía y timbre de gloria.
LA TORRE QUE MANÓ SANGRE
"Solamente un guapo mozo –toda la vida en sus años– supo tener de La Omaña valles y montes guardados del lobo rapaz, su tío, el Señor Adelantado".
–Florentino– Agustín Díez, en
EL ROMANCE DE DON ARES
El castillo de Don Ares
En el horizonte de La Omaña se recorta majestuosa la silueta de un viejo castillo medieval; que ha dado denominación a la localidad de su nombre, El Castillo, de Vegarienza.
El Omaña bate sus cimientos, y aún resuenan entre sus paredones los ecos lastimeros de la sangre joven de un mozo sacrificado entre los odios y rencores.
Alfonso XI donó a su bastardo Enrique los señoríos de Ordás, Luna y Omaña, quien los trasladó a la familia de los Ponce, enemigos de los Quiñones.
Los Quiñones se apoderaron de Luna y Ordás, pero no pudieron conquistar Omaña. Don Pedro Suárez de Quiñones quiso edificar su palacio sobre la muralla de León, a lo que se opuso su sobrino el joven Don Ares quien, confiado, perdió la vida ante el engaño de su tío.
Más adelante otro Quiñones; Don Diego Fernández Quiñones, renovó la lucha y entró a saco en La Omaña, a sangre ya fuego, en contra de la oposición de los concejos. Venció el noble y esclavizó a las gentes con trabajos gratuitos, dándoles pan mohoso y vino avinagrado, multas y sanciones.
Así construyó una fortaleza que llamó Atenar, como si de la acrópolis ateniense se tratara; tal era su fortaleza inexpugnable.
Sin embargo, los concejos acudieron al rey Don Juan II de Castilla, quien extendió una carta ejecutoria a favor de los concejos, que dicen se conserva en Riello.
El castillo se reformó en el siglo XVIII, y en el XIX sirvió de cárcel de estos concejos, y gobierno judicial, y los pleitos y sentencias se daban en la ermita del Cristo Magdaleno.
A finales del siglo XIX, concretamente en 1878, se destruyó el castillo y luego sus materiales fueron empleados en el pavimento de la carretera.
Entre este castillo y la torre de Ordás hay tejido un romance que recogió el vate leonés don Florentino Agustín Díez, y que rezuma sangre por todos sus poros. Todo ello, sobre la muerte de Don Ares, que hoy se halla enterrado en la sala capitular de la basílica de San Isidoro.
Por todo este lugar, donde pasaba la calzada romana, se sigue hasta Pandorado subiendo las lomas del Pajarón para caer a Riello; que es como una joya prendida entre las esmeraldas de la pradería montañesa.
La bella Rosana y la torre de Ordás
Bajando .por La Magdalena y-las riberas del Luna, entre los desmontes de la nueva auto pista, se contempla el azulado de las aguas del retén de Tapia, que es como un aprendiz dE pantano para recreo de pescadores.
Pronto se divisa Tapia y su torre cuadrilonga, que algo dice de la familia de los Colinas la legendaria batalla de Camposagrado. Más abajo queda ya la torre de Ordás; se llega en coche a muy pocos metros de su base.
Torre cilíndrica, como un centinela en el altozano y mirándose en el espejo del Luna, quE baja caudaloso y refrescante, bien reguladas sus aguas por las presas de sus embalses.
Los grajos que anidan en los huecos interiores de la torre se espantan al entrar el turista en su base inferior. Allá arriba, se recorta el cielo en un círculo azul, porque es muy alta muy hermosa en su arquitectura militar.
Por todos estos pagos pasó Don Ares, y tomó del talle a la bella Rosana, la linda zagal¿ que guardaba sus rebaños en las amadas tierras de La Omaña.
"El caballero gentil
de su corcel descabalga
y en el amor de sus brazos
alza el cuerpo de Rosana.
Y en los ojos de la hermosa
hay nueva luz y su habla
mueve su labio en la queja
como una brisa aromada".
"Toda la beldad se cifra
hoy en tu frente, zagala,
y beso, al besar tus ojos,
todo el amor de La Omaña"...
Y la torre de Ordás se tiñe de oro con los rayos del atardecer. Y Don Ares abrazó a su tío el Adelantado Don Pedro, Merino de Asturias, y se amigaron y se confiaron.
Pero Don Pedro ha preparado la caldera hirviente de grasa, el narcótico y el puñal. Y la sangre del mozo regó la tierra, y por lo alto de las almenas se lanza un bulto sangriento envuelto en un saco. Es la rubia cabeza de Don Ares de Omaña, que allí terminó, confiado, sus años mozos en la flor de la hidalguía.
"Siguen durante su peregrinaje,
montaraz y oscuro, plañendo y llorando,
camino de Asturias, cien y cien espectros
que esto son de Omaña hoy los vecindarios.
Al frente camina
tendida en un carro
de chirriar doliente
y de andar pesado
una madre, y tiene
sobre su regazo
la noble cabeza del bravo caudillo
que fue de sus gentes justicia y regalo".
Así va cantando el gran rapsoda leonés don Florentino Agustín Díez el llanto de La Omaña en su romance pletórico de evocación, de sentimiento, de finura exquisita del hombre enamorado de sus tierras, que tan profundamente ha calado en el substractum del ser y el sentir leonés.
Y sigue relatando el éxodo de los omañeses mezclando el amor, el llanto y el despecho: "Detrás, con la frente hundida en el pecho, una pobre moza gime su pecado:
– ¡ Yo tuve a Don Ares, rendido de amores,
en estos mis brazos,
y lo dejé solo cuando iba a la muerte!
¡Cómo, ay, no muero de dolor...!
Callados,
los hombres, las bestias, empujan su angustia,
el leño a los hombros, hundidos, esclavos...
¡Ya murió Don Ares, ya tiene La Omaña
abierto el calvario,
cegada la frente,
el fierro clavado!
¡Todo es de noche cruenta, sin luna, sin torva,
sin pan y sin alma...!
¡Yermo es todo y llanto!.
Y la pluma y el corazón del trovador cantó los romances y los versos y las trovas de La Omaña y el Luna, con Don Ares, con la pastora de Caldas y Doña Jimena la madre de Bernaldo, el fijo de la mi entraña.
Esta es la leyenda de Omaña, muy cerca del lugar donde el Luna y el Omaña entran en maridaje para formar el Orbigo. Esta es la leyenda de esta tierra, de La Omaña, la de los hombres indomables, que según Tito Livio no había quien los sometiera, y designó a la región del Omaña con el calificativo de "homus manium", o la tierra de los hombres dioses infernales.
Leyendas de La Humania y los humanases, como se llamaron más tarde; que participaron en la reploblación de tierras zamoranas.
La bella Zulima
Ligado a las actuaciones opresoras de Don Pedro Suárez de Quiñones se halla el historial de la Presa Cerrajera.
Ya anotamos que del maridaje del Luna y el Omaña nace el Orbigo adulto, como Minerva, que surgió adulta y bella de la cabeza de Júpiter, cuando para curarle su dolor se la abrió de un hachazo el dios Vulcano.
"UR-BI-K'OA", "AGUAS-DOS-DESDE AQUI"; que aún nos recordamos de nuestra época moceril, cuando recibimos el bautismo pedagógico en tierras guipuzcoanas, en una escuelita de sesenta y cinco alumnos que no hablaban castellano, y hubimos de aprender el vascuence por un prontuario para exponerlo sin orden gramatical, porque la aglutinancia de la lengua contrastaba con la flexión de la nuestra. "Desde aquí dos aguas", tal es el significado de "Orbigo", en lengua celta-vasca.
Cabalgando sobre el Orbigo, con poca desviación nos damos a mano con uno de los poblamientos más lindos de las tierras de su ribera, Santa Marina del Rey.
Su torreón del siglo XVI, sus típicas plazoletas, la cabalgata de Reyes con sus hogueras por las calles, la feria veraniega de los ajos; todo ello atrae a los visitantes que desean saborear lo popular.
A la vera de Santa Marina del Rey corre la Presa Cerrajera, que dio de beber durante siglos a las sedientas tierras del Páramo. Presa que fluye entre chopos como perennes centinelas. Presa que viene corriendo ya desde el siglo XIII, porque fue concedida por privilegio de "Don Ilonso", el 18 de junio de 1263, con los datos que nos apunta el prestigioso profesor don Juan Barrallo.
El infante Don Felipe, hijo de Sancho IV el Bravo, otorgó el privilegio o franquicia a los habitantes de Santa Marina del Rey, haciendo donación al deán y Cabildo de la catedral de León de las aguas del río Orbigo, para que las llevasen a su villa de Santa Marina del Rey; por cuya merced el Cabildo prometió hacerle un aniversario con misa de réquiem, vísperas y maitines. Era de 1353, año de 1315.
El 20 de abril de 1357, Don Enrique III el Doliente libró carta ejecutoria a favor del deán y Cabildo contra Don Pedro Suárez de Quiñones, Adelantado Mayor de León y Merino de Asturias, por haber mandado quebrantar la Presa Zarraguera; imponiéndole como castigo a tal desafuero la obligación de volver a restablecerla a su costa, dejándola como antes se hallaba.
Y aunque el Adelantado pretendió defenderse, los querellantes consiguieron que el agua fuera por donde debía de ir; teniendo además el causante que indemnizar a los vecinos de la villa los daños y perjuicios que se les había ocasionado en sus frutos, al haberles faltado el agua para el riego.
Ya vimos que el Adelantado Don Pedro Suárez de Quiñones no era santo de devoción de los omañeses, porque asesinó al guapo mozo Don Ares de Omaña en su torreón de Ordás.
En el palacio que había levantado sobre la muralla de León, lo que es hoy palacio del conde Luna, ocurrió la muerte del obispo Vergara. Este obispo, dicen las consejas, había fraguado la muerte del canónigo Cabeza de Vaca, y los parientes y criados del canónigo corrieron al obispo por el adarve de la muralla hasta el palacio del conde Luna, o sea, del Adelantado Don Pedro.
Allí, aunque el obispo se había refugiado en las faldas de la condesa, lo cosieron a puñaladas, ante la indiferencia de Son Pedro, que siguió paseando por el patio de armas.
La Presa Cerrajera sigue hoy regando las tierras del Páramo, ayudando a toda la red de canales del Orbigo. Pero ahí está, y sigue viva en su ministerio, caudalosa, refrescante, pregonando su vetustez y su arrogancia, y esperando al poeta que la cante en toda su belleza.
Dícese en su legendaria, que desde Santa Marina del Rey a Villazala fué abierta la Presa Cerrajera por la entrega de amores de la bella Zulima.
Zulima, la bella orante, porque oración significa su nombre, vivía en Villazala, o Villazulima, según la leyenda. Era una bellísima mora cristianizada, que había comprado una gran finca en estos pagos. Un moro ricachón y de hermosa estampa, que también se había cristianizado en seguimiento de la bella, y era muy apuesto en los torneos por su juventud y su destreza en armas y caballo, se prendó de la hermosa Zulima.
Pero la guapa mora le impuso como condición para sus amores traer el agua a sus sedientos pagos parameses, y el moro abencerraje empleó sus dineros en la apertura del canal desde Santa Marina del Rey a Villazala.
Con la obra ejecutada se ablandó el corazón de la dama, y la presa se denominó desde entonces Presa del Abencerraje o Presa Cerrajera.
Aquí vemos el agua y el amor mezclados en una simbiosis de romanticismo, belleza y economía, producto de la vida y la leyenda que flota hermosa en las tierras leonesas.
LA LEYENDA DE BABIECA
"Ya vienen los pastores cañada arriba, ya s'echa:? las babiabas la ropa fina; ya se van los pastores cañada bajo, ya ponen las babianas los zarandajos".
–canción popular–
Estar en Babia
Los reyes leoneses se iban a los parajes babianos a cazar y gozar de los encantos que la naturaleza prodigó por estas tierras embrujadas.
Tierra arcádica y pastoril, placentera y bien abastada, bien comunicada, hidalga y leal al rey, donde los Ordoños, los Ramiros, los Alfonsos y Fernandos huían a Babia para cazar jabalíes y los osos, evadiéndose de las intrigas y ambiciones de nobles y prelados.
Estar en Babia, cuando todavía los Lunas no habían fijado allí su puesto de mando para expoliar el país; "estar en Babia" era despreocuparse de todo, era el relax en la vida ordinaria. "Estar en Babia", ha pasado a ser un tópico lingüístico de significado cargado de ensimismamiento.
En la excursión a Babia se marcan tres hitos marianos, que señalan tres jornadas de andadura, que disponían de hospedaje: el Camposagrado famoso, la Virgen de la Pruneda en Rabanal de Luna, y Carrasconte, el famoso monasterio cercano a Piedrafita de Babia.
Subir a los puertos babianos, al enclave leonés de la trashumancia es como rendir culto al pastor, como se hace todos los otoños, con su fiesta típica y variada con nombramiento de "Pastor Mayor" a un leonés de pro.
Sus bailes, sus recitales, sus tambores y panderos cuadrados, sus cintas, sus pellicos y almireces. Y a probar la caldereta.
Y los pastores celebran su misa en la fiesta, y bailan la garrucha; cuando el mozo engancha a la moza por la cintura y la atrae hacia sí, con algún respingo, a veces.
Y luego recitan el romance; cuando Pedro de Alba quiere matar al faisán que se hallaba cantando en el éxtasis del amor. Pero la moza detiene su brazo, y no deja que Pedro de Alba consume el tiro certero, "porque no debe morir quien así ama".
O el otro romance pastoril de La Loba Parda:
Estando yo en la mi choza
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban
y la luna rebajada.
Ya barruntan los mastines
los lobos en la majada.
Vide venir siete lobos
por una oscura cañada,
venían echando suertes
quién entrara en la majada.
Le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como puntas de navaja.
Dio tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada,
la última vuelta que dio
sacó la borrega Blanca,
hija de la oveja Churra,
nieta de la Orejisana,
la que tenía mis amos
para el domingo de Pascua.
Aquí, mis siete cachorros;
aquí, perra Trujullana;
aquí, perro de los Fierros,
a cobrar La Loba Parda.
Si me cobráis la borrega
cenaréis leche y hogaza,
y si no me la cobráis
cenaréis de mi cayada.
Los perros tras de la loba,
las uñas desmigajaban,
siete leguas la corrieron
por unas tierras muy agrias.
Al subir un cotarrito
la loba ya iba cansada.
Tomad, perros, la borrega
sana y buena como estaba.
No queremos la borrega
de tu boca alobadada,
queremos tu pelleja
pa el pastor una zamarra;
el rabo para correas
pa que se ate las bragas,
de la cabeza un zurrón
para meter las cucharas;
las tripas para vihuelas
para que bailen las damas.
Las contradicciones en la legendaria historia de Babieca
Todos los caballos históricamente estimados como Bucéfalo, de Alejandro Magno; Rocinante, de Don Quijote; Pegaso el mitológico, ninguno ha tenido la resonancia de Babieca; y llegar a poseer los pastos y lugares por donde Babieca ha ramoneado ha sido siempre un timbre de gloria literaria que han monopolizado ciertas comarcas.
Don José González publicó en 1958 en "Archivos Leoneses" un trabajo sobre el caballo cidiano, y lo hace originario de los caballos asturcones; de los que había en las montañas de León dos especies: los de andadura y gran resistencia para la carga, y los ágiles de carrera movimientos.
Don José cree que Babieca fue un regalo que al Cid le hizo su esposa Doña Jimena como presente de bodas; y lo hace descender de la zona de Babia, por su nombre; de Almuzara, en el alto Torío, donde los Velas leoneses tenían una parada de remonta y criadero, que tal significa la acepción "almuzara", o de los valles de Burón y Maraña, valles de Pinzón y Fascasio, donde los monjes de Sahagún tenían yeguadas.
Pero don Justiniano Rodríguez sale al paso de estas aseveraciones y no está conforme con ello; que Babieca no se deriva de Babia, que la voz Bavieca es una fusión de voces árabes, bab-beká, significando "puerta abierta" o "puerta quedó", "pasmo" o "boca abierta".
Que el originario del vocablo bavieca es abobeca o abubeca, y que es una adjetivación beca o veca, como posesión de Búcar. Y así el nombre abobeca o abuveca derivado de boabeca o buaveca significa procedente de Béker, Bécar o Búcar; y que pudo ser una denominación genérica de todos los caballos ganados por el Cid al príncipe almoravide de Valencia.
Todos los caballos ganados a los almoravides y a su jefe Abu Béker fueron designados por los soldados abubecas o boabecas, y luego el autor del poema del Mío Cid lo fue convirtiendo en Bavieca, y nosotros ya definitivamente en Babieca.
Y esa posibilidad de asombro o "boca abierta", fue el pasmo ante la velocidad increíble del famoso caballo.
"E cuando llegaron a Cocodover, el Cid yendo en cavallo de dien Bavieca, díxole el Rey: –Don Rodrigo, fe que debedes que arremetades agora esse cavallo que tanto bien oi dezir–. El Cid se sonrió. –Señor, dijo, aquí en vuestra corte á muchos altos omnes e guisados para faker esto, e a estos mandat que trebejen con sus cavallos–. Replicó el Rey: –Cid, págome yo de lo que vos dezides; mas quiero todavía que corrades ese cavallo por mi–".
El Cid accedió y espoleó el caballo de forma que todos quedaron estupefactos:
"El Rey alzó la mano, la cara se santiguó,
yo lo juro, por San Esidre el de León,
que en todas nuestras tierras, no ha tan buen varón".
El Cid se llegó al Rey para besarle la mano y elogia su caballo:
"Mandástesme mover, a Bavieca el corredor;
en moros ni en cristianos, otro tal non ha hoy;
yo vos lo do en don, mandédesle tomar, Señor".
Y el Rey dijo: "No me agrada esto. Si yo vos privara de él, no tendría tam buen amo. Este cavallo ha sido hecho para vos, para venzer en campo y perseguir a los moros. por vos y por él aumenta nuestra honra, y así Dios retire su ayuda a quien vos lo quitare".
Así don Justiniano, el historiador leonés, argumentando documentalmente que el caballo Babieca era un caballo mozárabe y botín de guerra, tira un poco por tierra la legendaria historia de relacionar Babieca con Babia.
Pero a la imaginación popular leonesa le agrada mantener esa leyenda, de que Babieca pastó las finas hierbas de los puertos babianos de Ventana, La Mesa, La Farrapona o Somiedo.
La fiesta medieval en las campiñas de Maraña
Cuando los reyes leoneses precisaban ampliar sus caballerizas y yeguadas se iban en agosto a Maraña, a sus hermosos valles, al Riosol y a las campiñas de Mampodre; todo ello cercano ya al puerto de Tarna, para seleccionar los ejemplares que serían adquiridos por el rey y los nobles.
Los lugareños probaban ante el rey y la nobleza los mejores potros, que libremente habían pastado durante el año las finas hierbas de las praderías, y montaban los potros "a pelo", sin bridas ni silla.
Hoy se siguen celebrando estas carreras, el 15 de agosto, en una romería popular, a la que asisten varios concejos asturianos limítrofes, junto con los leoneses de estos valles riañeses. El gentío que se congrega suma alto número, quizás hasta superar las cinco mil personas, y rememorando la fiesta medieval con todo el encanto de su evocación en el preciso marco geográfico de los valles y campiñas de Maraña.
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