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jueves, 28 de diciembre de 2017

Cierta racionalidad -Soledad Gallego

Cierta racionalidad https://elpais.com/elpais/2017/12/22/opinion/1513956748_667576.html






Cierta racionalidad

La independencia es imposible cuando no se tiene, ni remotamente, la mayoría social




Rueda de prensa posterior a la reunion del Comite Ejecutivo de Ciudadanos tras el 21-D
Rueda de prensa posterior a la reunion del Comite Ejecutivo de Ciudadanos tras el 21-D ALBERT GARCIA

Los resultados del 21-D no son malos desde un punto de vista político, aunque crean un escenario de complicada gestión. No son malos porque dejan dos cosas establecidas: no es posible la independencia cuando no se tiene, ni remotamente, la mayoría social,y no es posible “normalizar” la aplicación del artículo 155 de la Constitución cuando el partido del Gobierno central casi ha desaparecido en Cataluña. Las dos cosas juntas deberían permitir recuperar un cierto grado de racionalidad.



Al mismo tiempo, ni los más fervientes partidarios de la unión pueden ignorar a esos dos millones de catalanes que, una y otra vez, expresan su deseo de cambiar sus relaciones con el Estado. Los resultados del 21-D alejan el peligro de que el PP crea que ha “normalizado” la aplicación del artículo 155 de la Constitución. El 155 sigue siendo un artículo para momentos excepcionales, útil para evitar disparates antidemocráticos, pero que no permite construir consenso político.
La racionalidad debería llevar a la conclusión de que ese resultado solo se puede gestionar con una autonomía muy reforzada. Parece un camino difícil de abrir, pero más difícil todavía es que aparezca otro distinto. Negociar en paralelo la reforma del Estatut y la Ley de Financiación Autonómica, con la mesa de la reforma constitucional abierta al lado, podría ser el único escenario viable.
De momento, para quienes va a ser más complicada la gestión de los resultados es para los independentistas, por mucho que tengan al alcance la mayoría absoluta parlamentaria. Su primer objetivo debe ser recuperar la Generalitat, y para eso tienen que decidir qué camino tomar. Evitar que el 155 siga en vigor implica elegir rápidamente un nuevo presidente de la Generalitat, y eso no será posible si se empeñan en que sea Carles Puigdemont, porque pesa sobre él una orden de detención y es muy probable que si regresa a España sea detenido y encarcelado, al igual que ya lo está el líder de Esquerra Republicana, Oriol Junqueras. Queda la posibilidad de elegir un tercer candidato/a capaz de obtener el apoyo bien de la CUP, bien de En Comú. ¿Aceptará Puigdemont dar un paso atrás? Lo dio en su momento Artur Mas y de hecho Puigdemont tiene un balance personal muy discutible: ha obtenido en Cataluña menos votos y menos escaños que Inés Arrimadas. Nada con lo que, con sinceridad, sentirse aupado al Palau de la Generalitat. Además, la alternativa es nuevas elecciones y seis-ocho meses más de 155.
La impresionante victoria de Inés Arrimadas no puede trasladarse fácilmente a una victoria de Albert Rivera en el resto de España. El PP se ha hundido en Cataluña, pero seguramente Rajoy ya lo daba por descontado. Su único motor, como deja patente su irresponsable actitud frente al deterioro de la justicia, son sus intereses electorales, y desde ese punto de vista lo inquietante para él hubiera sido un ascenso notable del PSC, que no se ha producido. Iceta ha logrado parar el declive de los socialistas, pero un escaño más no puede preocupar al PP. El PSOE tiene todavía mucho por hacer. Y en cuanto a Ciudadanos y Rivera, Rajoy tiene dos años por delante para procurar hundirles, como sin duda intentará. De momento, la victoria de C's, en cuanto apuntala la mayoría constitucionalista, le sirve más de protección que de ataque. La única manera de derrotarle es que “Cataluña” deje de protegerle.
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El crecimiento no es suficiente

Las políticas tradicionales quizá ya no sirven para economías que se han transformado

Rajoy, este martes en la firma del acuerdo social para la subida del Salario Mínimo Interprofesional junto a Pepe Álvarez (UGT), Unai Sordo (CCOO), la ministra Fátima Báñez, Juan Rosell (CEOE) y Antonio Garamendia (Cepyme). 
Rajoy, este martes en la firma del acuerdo social para la subida del Salario Mínimo Interprofesional junto a Pepe Álvarez (UGT), Unai Sordo (CCOO), la ministra Fátima Báñez, Juan Rosell (CEOE) y Antonio Garamendia (Cepyme).  CLAUDIO ALVAREZ
Los datos macroeconómicos de las economías avanzadas pueden ser desconcertantes. Consideremos, por ejemplo, los salarios y el desempleo. En Estados Unidos y muchos países europeos, el salario medio se ha estancado, a pesar de que muchas de estas economías se han recuperado de la crisis financiera de 2008. Es más, el incremento del empleo no ha conducido a una desaceleración o reversión de la caída del porcentaje de la renta nacional que se destina a salarios. Por el contrario, la mayor parte de la riqueza creada desde la crisis de 2008 ha ido a parar a manos de los tenedores de capital. Esto podría explicar los bajos niveles de consumo y el hecho de que una política monetaria laxa no pueda producir un repunte de la inflación.
El empleo también parece estar comportándose de manera anómala. La mayor parte del crecimiento del empleo ha sido en ocupaciones que requieren bajas cualificaciones y que están peor remunerados, produciendo un vaciado del medio de nuestra distribución laboral. Gente que antes conformaba la clase media occidental hoy forma parte de las clases media baja y baja, y vive en la precariedad.
La mayor parte del crecimiento del empleo ha sido en ocupaciones que requieren bajas cualificaciones
Las cifras de productividad son otro de los elementos disonantes en nuestros datos macroeconómicos. Según la OCDE, en la última década la productividad de las "empresas frontera" —definidas como el 5% de empresas que lideran en esta métrica— aumentó en más de un 30%, mientras que el resto del sector privado casi no experimentó alza alguna. En otras palabras, un número reducido de empresas concentraron todas las ganancias en eficiencia y eficacia sin darse prácticamente difusión alguna.
A nivel macro, la productividad agregada de Estados Unidos ha aumentado en más del 250% desde principios de los años 1970, mientras que los salarios por hora se han mantenido congelados. Esto significa que el crecimiento de la productividad no sólo ha estado circunscrito a un número muy limitado de empresas, sino que la productividad y las rentas del trabajo se han desacoplado. La consecuencia fundamental de este fenómeno es que los salarios ya no desempeñan el papel redistributivo crucial que han cumplido durante décadas. Algunos hemos descrito este fenómeno como una fractura de nuestro contrato social ya que modifica de manera fundamental la relación entre el capital y el empleo.
Debería ser evidente, por lo tanto, que muchas de las economías del mundo están atravesando un cambio estructural y que esa transformación viene motivada por la obsolescencia de la relación “empleos-productividad-ingresos” que venía operando desde hace décadas. Este cambio de paradigma ha llevado a la erosión de la clase media occidental y al ascenso del precariado, una nueva clase socioeconómica que comprende no sólo a quienes no encuentran trabajo, sino también a quienes tienen un empleo informal, ocasional o inestable.
La tecnología ha permitido elevar la productividad sin subir los salarios
Tenemos abundante evidencia que vincula la percepción de inseguridad económica en Occidente con el sentimiento anti-elite, la radicalización política y los ataques a las minorías. De hecho, es imposible explicar el reciente ascenso de la política populista sin considerar los efectos de estas patologías económicas.
Para entender por qué se produjeron las desviaciones de las trayectorias económicas esperadas, no hace falta mirar más allá del impacto de la tecnología en el empleo. Las tecnologías avanzadas, especialmente la informática y la robótica avanzadas, han permitido que se produjeran aumentos de la productividad sin un incremento correspondiente en los salarios. La mayor riqueza generada por una mayor productividad va, en cambio, a manos de los dueños de esas tecnologías.
Las soluciones son más difíciles de construir que el diagnóstico. No resulta claro, por ejemplo, si aplicar políticas económicas tradicionales servirá para revertir las tendencias señaladas arriba. Querer aplicar “reformas estructurales” y dieñar políticas macroeconómicas destinadas exclusivamente a aumentar la productividad podría producir crecimiento a nivel agregado pero a la vez obligar a los trabajadores occidentales a competir con la tecnología de forma más cruda, exacerbando la precariedad.
Esto nos lleva al interrogante central: ¿cómo pueden los líderes abordar las externalidades producidas por el cambio tecnológico? En otras palabras, ¿cómo podemos construir un nuevo contrato social para la era digital?
Manuel Muñiz es decano de la Escuela de Relaciones Internacionales del IE.
© Project Syndicate
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