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No es ninguna broma el ser explorador de comportamientos de locos. Podemos estar en la anticipación de un suicidio colectivo como el de las sectas en los años setenta. La actitud pasiva que se está teniendo por parte nuestra, solo habla de nuestro comportamiento supramacista, xenófobo y genocida.
Me recuerda a una compañera enferma eefiriéndose al comportamiento de un compañero mahometano.
Quien no quería proclamar la republiqueta bajo ningún concepto era Puigdemont. Y quien forzó que se proclamase por las bravas fue el de la Esquerra.
Puigdemont, sí, es el aventurero frívolo e irresponsable, pero el loco de verdad, el genuino extraviado, el ido es Junqueras. Puigdemont, a fin de cuentas, es un cantamañanas sin oficio ni beneficio, un adicto a la adrenalina febril del vivir al instante, un yonki de las fotos en las portadas de la prensa, otro narciso enganchado a los primeros cinco minutos de los telediarios. Pero Junqueras es un místico cierto, honesto, real. El uno representa su papel impostando la voz y sobreactuando al máximo para un público básico, infantil, primario, emotivo y políticamente ignorante, que gusta del salto de la rana y aplaude a rabiar la demagogia de brocha gorda y la charlatanería iconoclasta de frasco. Pero el otro se lo cree en serio. Puigdemont es un farsante cínico y teatral como tantos ha habido en la historia de España. Tras la estampa vulgar, anodina y abotargada de Junqueras, en cambio, yace un iluminado puro, sin mácula. Él no está componiendo una escena falsaria para contento del vulgo.
Y que, sin embargo, la percepción dominante tanto entre la opinión pública como entre la publicada resulte ser justo la contraria, esto es, que pase por más peligroso y radical Puigdemont, lo único que viene a demostrar es el poder demoníaco de lo audiovisual a fin de terminar haciendo por entero irreconocible la realidad. Así, la televisión (y no sólo TV3 sino todas, tanto las cómplices del golpe como las refractarias a la asonada) ha vuelto a obrar el milagro de convertir la noche en día y viceversa a ojos de los consumidores-espectadores-votantes. Puigdemont, gracias a disponer de un plató permanente a su servicio desde Bruselas, ha logrado imponer la percepción de que él en todo momento fue el radical entre los dos millones de compradores de la mercancía catalanista. Y ello a pesar de las clamorosas evidencias empíricas que lo desmienten. Recuérdese que en sus últimas horas como presidente de la Generalitat intentó a la desesperada adelantarse al 155, convocando las mismas elecciones autonómicas que luego habría de ordenar Rajoy.
Y si finalmente no lo hizo fue porque, muy a su pesar, Junqueras y su mano derecha, la lunática Rovira, se lo impidieron en medio de escenas que, según cuentan, bordearon el enfrentamiento físico entre los dos máximos responsables de la bullanga secesionista. Quien no quería proclamar la republiqueta bajo ningún concepto era Puigdemont. Y quien forzó que se proclamase por las bravas fue el de la Esquerra. Bien, pues la imagen impresa en la mente del electorado nacionalista, decía, ha acabado siendo justo la contraria merced a esas cámaras a las que no pudo acceder Junqueras en Estremera. A ojos de esa sufrida tropa, Puigdemont fue –y es– el artífice primero y único de la quiebra de la legalidad española en la plaza. De ahí el éxito tan inesperado de su candidatura. A un lado, los que en verdad ansiaban a toda costa alumbrar la republiqueta han acabado perdiendo a manos de los que nunca la querían proclamar, pero que han sabido apropiarse de ella una vez difunta, inerte y por entero desactivada. Por el otro, los que exigieron y consiguieron un 155 que fuese de la puntita nada más, Ciudadanos, han acabado capitalizando en su provecho único y exclusivo la pretendida tibieza gubernamental por ellos inducida. Pero, en fin, ya se sabe: vox populi, vox Dei.
El loco es Junqueras
Quien no quería proclamar la republiqueta bajo ningún concepto era Puigdemont. Y quien forzó que se proclamase por las bravas fue el de la Esquerra.
Puigdemont, sí, es el aventurero frívolo e irresponsable, pero el loco de verdad, el genuino extraviado, el ido es Junqueras. Puigdemont, a fin de cuentas, es un cantamañanas sin oficio ni beneficio, un adicto a la adrenalina febril del vivir al instante, un yonki de las fotos en las portadas de la prensa, otro narciso enganchado a los primeros cinco minutos de los telediarios. Pero Junqueras es un místico cierto, honesto, real. El uno representa su papel impostando la voz y sobreactuando al máximo para un público básico, infantil, primario, emotivo y políticamente ignorante, que gusta del salto de la rana y aplaude a rabiar la demagogia de brocha gorda y la charlatanería iconoclasta de frasco. Pero el otro se lo cree en serio. Puigdemont es un farsante cínico y teatral como tantos ha habido en la historia de España. Tras la estampa vulgar, anodina y abotargada de Junqueras, en cambio, yace un iluminado puro, sin mácula. Él no está componiendo una escena falsaria para contento del vulgo.
Y que, sin embargo, la percepción dominante tanto entre la opinión pública como entre la publicada resulte ser justo la contraria, esto es, que pase por más peligroso y radical Puigdemont, lo único que viene a demostrar es el poder demoníaco de lo audiovisual a fin de terminar haciendo por entero irreconocible la realidad. Así, la televisión (y no sólo TV3 sino todas, tanto las cómplices del golpe como las refractarias a la asonada) ha vuelto a obrar el milagro de convertir la noche en día y viceversa a ojos de los consumidores-espectadores-votantes. Puigdemont, gracias a disponer de un plató permanente a su servicio desde Bruselas, ha logrado imponer la percepción de que él en todo momento fue el radical entre los dos millones de compradores de la mercancía catalanista. Y ello a pesar de las clamorosas evidencias empíricas que lo desmienten. Recuérdese que en sus últimas horas como presidente de la Generalitat intentó a la desesperada adelantarse al 155, convocando las mismas elecciones autonómicas que luego habría de ordenar Rajoy.
Y si finalmente no lo hizo fue porque, muy a su pesar, Junqueras y su mano derecha, la lunática Rovira, se lo impidieron en medio de escenas que, según cuentan, bordearon el enfrentamiento físico entre los dos máximos responsables de la bullanga secesionista. Quien no quería proclamar la republiqueta bajo ningún concepto era Puigdemont. Y quien forzó que se proclamase por las bravas fue el de la Esquerra. Bien, pues la imagen impresa en la mente del electorado nacionalista, decía, ha acabado siendo justo la contraria merced a esas cámaras a las que no pudo acceder Junqueras en Estremera. A ojos de esa sufrida tropa, Puigdemont fue –y es– el artífice primero y único de la quiebra de la legalidad española en la plaza. De ahí el éxito tan inesperado de su candidatura. A un lado, los que en verdad ansiaban a toda costa alumbrar la republiqueta han acabado perdiendo a manos de los que nunca la querían proclamar, pero que han sabido apropiarse de ella una vez difunta, inerte y por entero desactivada. Por el otro, los que exigieron y consiguieron un 155 que fuese de la puntita nada más, Ciudadanos, han acabado capitalizando en su provecho único y exclusivo la pretendida tibieza gubernamental por ellos inducida. Pero, en fin, ya se sabe: vox populi, vox Dei.
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